Verano– Julia Keiko Metoruma - Septiembre 2013
El aire es tan pesado que podría cortarse con el movimiento mismo.
Oigo el ventilador sonando desde la habitación contigua, pero no tengo
ventilador en este cuarto. Ni ventilador, ni corriente de aire, solo sudor y el
tacto de mi piel caliente. Desesperación, sábanas pegadas, ausencia de aire.
Giro sin cesar en la cama, buscando algún espacio más fresco dentro de este
mundo asqueroso que es el verano. Intento concentrarme en dormir, pero no hay
forma. Nunca sufrí tanto calor en mi vida. Me levanto la primera vez para
mojarme el cuerpo con agua, la segunda para repetir la primer acción y la
tercera voy a buscar hielo al congelador y, tirada sobre la cama lo deslizo
sobre mi cuerpo hasta derretirlo. La cuarta y la quinta vez, repito esta última
acción. Desesperada, ante tal insomnio ajeno a mi psiquis, intento dormir en el
piso para transmitir el frío de los mosaicos a mi cuerpo. Pero hasta los
mosaicos estan calientes y la tierra del piso me pone nerviosa. Entre toda
noche, transpiro y duermo.
Él me levanta con una caricia por la mañana y me pregunta como
estoy. Le respondo lo obvio, que no había casi dormido, que las sábanas se me
pegan al cuerpo. Él me dice que tendría que haberle dicho antes y me trae el
ventilador de su pieza. Sonrío entredormida y él me besa. Me regocijo ante el
mayor placer que puedo llegar a sentir. En la habitación ahora corre el aire.
El viento seca mi transpiración y se me enfría el cuerpo, me enfría las sábanas
ardientes. Me enfría las paredes y me dibuja una satisfacción casi irreal,
jamás experimentada.
Entonces, ahora sí, undo mi cabeza en la almohada y duermo. Con
ese sueño que solo se siente cuando de verdad se quiere dormir. Con ese sueño
de placer intenso.